Padura en revista Crisis

Una cacería de fantasmas

Publicado el Lunes 05 de Mayo del 2014

En 1984 el escritor cubano más reconocido en lo que va de siglo XXI escribía crónicas semanales en el periódico Juventud Rebelde, anticipando en miniatura el estilo que hoy admiramos en sus novelas policiales y sus investigaciones literarias. Una selección de aquellas piezas se editó recientemente en Buenos Aires, en un libro titulado El viaje más largo. En busca de una cubanía extraviada. La que sigue está dedicada al barrio donde Padura se crió y aún vive.

por Leonardo Padura

Mantilla era tan joven y tan pobre que no tenía leyendas, fantasmas ni historia remotas. No había siquiera un cementerio, propicio a los aparecidos, y el santo de la iglesia jamás realizó ningún milagro memorable. Nunca tuvimos algo así como una dama acaudalada y neurótica —cualidades indispensables— que en oscuras noches de lujuria se dedicara a juegos prohibidos, y engendrara voluptuosos rumores.

Por eso, cuando en la única colina del barrio apareció aquel castillo con pretensiones neoclásicas y techos rococós de sonoridades galas, la imaginación de la gente se inflamó como vela que se agita con vientos favorables. Y surgieron historias insólitas, maravillosas, espeluznantes a veces, aquellas leyendas que, un día de 1965, armados de palos y tirapiedras, fuimos a desentrañar El Conejo, Felicio el Negro y yo… Pero esto sucedió cuando el primer fantasma visto en el castillo debía tener, al menos, cincuenta años de soledad.

Juan Padura levantó la cabeza cuando oyó las explosiones y corrió hasta el mostrador de su desvencijado puesto de frutas. Aún no había nacido ninguno de sus diez hijos y era el joven más ágil del barrio. Y desde allí, envuelto en la fragancia pegajosa de los anones y guayabas, el hombre que cuarenta años después se convertiría en mi abuelo, observó atónito la hilera de automóviles que ascendían por el polvoriento camino que unía a Mantilla con el Calvario.

“Son la gente del castillo”, gritaban los muchachos que corrían tras los fotingos, y gracias a su agilidad de perro sato, Juan Padura cerró el negocio y en menos de un minuto se incorporó a la comparsa de curiosos que perseguían a los rígidos y elegantes automóviles. Ese día de 1917 se produjo el mayor acontecimiento en la historia del barrio: los moradores del castillo celebraban su inauguración, que coincidía con las nupcias de Octavio Averhoff —el desdichado rector de la Universidad habanera que luego sería bautizado como Coquito— y Celia Sarrá, la hija del magnate Ernesto Sarrá, el hombre que había construido aquella casona de recreo como inmejorable regalo de bodas para su querido retoño.

La construcción del castillo de la finca de San Carlos —conocido desde su inauguración, en cambio, como castillo de Averhoff— había comenzado cinco años antes, en 1912, y allí Juan Padura se ganó la vida como albañil. Y todavía recuerda que sus imperecederas paredes fueron levantadas con piedras azules extraídas de una cantera cercana, y talladas a mano. Me dice que las tejas habían viajado desde el lejano Chicago. El granito y los mármoles de la más distante Italia. La madera, de alguna selva sudamericana. El resultado fue una construcción de tres plantas, una para recibir visitas y organizar fiestas; otra para los moradores y huéspedes; y la superior para albergar a los cuarenta criados que los días entre semana solían matar el aburrimiento lanzando escupitajos desde las altísimas ventanas.

Porque Octavio Averhoff y Celia Sarrá nunca hicieron de esta rica mansión su residencia habitual. Sólo venían al castillo por pequeñas temporadas y con muchos invitados. Entonces se realizaron allí brillantes saraos animados con viejos ragtimes y modernísimos charlestons, fiestas bullangueras que los moradores de Mantilla, tal vez con razón, convirtieron en intrépidas orgías, aderezadas con mujeres desnudas bañándose en la pequeña laguna artificial, con importantes políticos y comerciantes poderosos que corrían con las portañuelas abiertas, y toneles del mejor vino francés que, una vez vaciados, rodaban por la pendiente carretera que conducía al edificio.

Sin embargo, ninguna de estas insólitas actividades logró borrar de la memoria colectiva la imagen —ya convertida en inquietante fantasma— de Nino Mano de Piedra, el capataz que, por una cuestión de faldas (y pantaletas) había sido acuchillado en la última planta del entonces inconcluso castillo, mientras sus gritos de agonía fueron escuchados, hasta tres horas después de su muerte, en todos los rincones del barrio.

A partir de 1930 Octavio Averhoff hizo más esporádicas sus visitas a la finca San Carlos. El antiguo rector se había enganchado, en mala hora, en la sangrienta carroza del dictador Machado. Coquito no era un hombre con fuerza de voluntad y carácter decidido. Por ello, al convertirse en Secretario de Instrucción Pública del Asno con Garras, se transformó en el componedor legal de las arbitrariedades del régimen y, por último, sobre su conciencia cayó el asesinato del líder estudiantil Rafael Trejo, cuando ordenó al verdugo Rafael Carrera, jefe de la policía, que impidiera el desfile de los universitarios, aquel 30 de septiembre de 1930.

Y tres años después, cuando al fin cayó la tiranía, su lujosa finca de recreo recibió la ira popular que Averhoff esquivó huyendo al extranjero… Juan Padura, que entonces tenía ya nueve de sus diez hijos, recuerda todavía la enardecida caravana de revolucionarios que aquel día de 1933 se dirigió hacia el castillo de Averhoff para mancillar la odiosa imagen de su dueño. El recuerdo más sonoro que alberga la mente nonagenaria de Juan Padura fue el de un gran piano de cola lanzado desde la segunda planta del edificio. El piano voló como una paloma herida, para estrellarse, con un estruendo de notas cruzadas y absurdas, en medio de la carretera.

Sin cortinas, con los pisos levantados y las rejas torcidas quedó en 1933 el castillo de Averhoff. Pero sus paredes de piedra azul permanecieron intactas, como las encontraron, seis años después, los miembros de la familia de Pablo Cancio.

Hasta 1939 el edificio —convertido en propiedad estatal— fue ocupado por la 15 Estación de Caballería. Mas, al ser devuelto a su dueño —que no tenía las menores intenciones de regresar a Cuba—, su apoderado, el doctor Ricardo Lombart, puso la finca al cuidado de Pablo Cancio.

Entonces se multiplicaron las leyendas del castillo y los Cancio sufrieron las consecuencias. El establecimiento temporal de la estación de caballería fue suficiente para que, durante los gobiernos de Grau, Prío y Batista, se buscaran una y otra vez los pasadizos y túneles que debían unir a la antigua finca de recreo con el castillo de Atarés —¡al otro extremo de La Habana!—, para que se indagara por inexistentes depósitos de armas y pólvora, y se espulgara cada centímetro de la finca en persecución de cualquier misterioso subversivo. Así creció la orla de leyendas alrededor de los secretos del Castillo, a las que se unió el rumor de la existencia de un orangután capaz de estrangular a ciertos prisioneros, aunque allí nunca hubo prisioneros y sólo vivió, hasta su tranquila muerte, una pequeña monita que Pablo Cancio había traído de Nicaragua.

Aquel día de 1965 El Conejo, Felicio y yo llegamos a un lugar lóbrego y desolado. Aún no habían arribado los efectivos de la unidad militar que, en los próximos años, se asentaría allí. Pero el estado de abandono que reinó con la partida de los Cancio, nos hizo pensar que realmente allí debían existir fantasmas mezclados con historias de sangre, amor ilícito y hechos de guerra.

Unas cadenas torcidas en el vestíbulo nos permitieron imaginar horribles torturas; una pared tapiada con ladrillos rojos nos hizo sospechar la presencia de algún pasadizo; un hueco en el piso, justo contra los cimientos, le arrancó una exclamación al Conejo: “Mira, seguro que aquí estuvo enterrado el tesoro de Averhoff”... Los excrementos de murciélago regados por el piso, lógicamente, nos confirmaron la presencia de algún fantasma, pues, como se ha demostrado, donde abundan los murciélagos suele haber aparecidos. O viceversa.

Pero los tres niños que éramos en 1965, armados de palos y tirapiedras, sólo pudimos observar el interior del castillo a través de unas sólidas rejas. Y, luego, nunca logré satisfacer mis deseos de entrar en aquel misterioso recinto que, durante cinco décadas, había calentado la imaginación estéril de los mantilleros. Hasta un día de 1984 en que, con más nostalgia que oficio, regresé a este lugar de tranquila y ecléctica belleza, donde nunca hubo fantasmas, ni túnel secreto, ni siquiera un vulgar mono torturador. Volví a este sitio donde los ruidosos Berliet, que durante algunos años reunió allí una empresa constructiva, habían dejado su espacio a la sede del Comité Ejecutivo del Poder Popular de La Habana, que se aloja allí desde 1976.

Regresé, y entre autorizaciones y permisos gratos a los burócratas, no pude evitar que me asaltaran los recuerdos dulces de aquella época de aventureros, cuando éramos muy jóvenes y también muy felices.

 

 

Fuente: 
Revista Crisis

Contenido relacionado

Padura en revista Crisis

Una cacería de fantasmas

En 1984 el escritor cubano más reconocido en lo que va de siglo XXI escribía crónicas semanales en el periódico Juventud Rebelde, anticipando en miniatura el estilo que hoy admiramos en sus novelas policiales y sus investigaciones literarias. Una selección de aquellas piezas se editó recientemente...
Padura viene a la Feria del…

"Me gustaría ser Paul Auster"

Por Leonardo Padura Hay días en que yo quisiera ser Paul Auster. No es que me importe o me hubiera gustado demasiado haber nacido en Estados Unidos, aunque pienso que sí me hubiera encantado, como Paul Auster, haber pasado unos años en París, justo en esos años de la vida en que para un escritor...
Leonardo Padura

No hay historia cubana sin Fidel

Por Hector Pavon Desde la isla llega la voz de un hombre que es ícono de la cubanidad, y en particular, de la literatura y el periodismo de su país. Leonardo Padura acaba de publicar en la Argentina El viaje más largo (Capital intelectual y Futuro anterior) donde compila sus crónicas publicadas en...
Adelanto de El viaje más largo

La isla de mi corazón

Por Leonardo Padura Cuando Alcides Fals Roque llegó por primera vez a Cayo Romano, la piel de sus pies era tan fina que el solo contacto con la arena caliente le producía violentos escalofríos. Entonces tenía apenas seis años, pero en el estómago llevaba un hambre de adulto y en la mente la más...
Columna

Cuba, qué planes tienes para Año Nuevo?

Por Leonardo Padura LA HABANA, 9 dic 2013 (IPS) - Después de tres décadas de socialismo supuestamente planificado (1960-1990), a lo largo de las cuales lo que se “planificaba” por las estructuras de gobierno y Estado muchas veces se cumplía a medias, se perdía en el olvido por falta de control o de...