Publicado el Lunes 29 de Agosto del 2016

EL LIBRO DEL INVESTIGADOR FRANCÉS GREGOIRE CHAMAYOU SE METE CON EL ESTATUTO DE LA GUERRA COMO UNA CONSTANTE DEL MUNDO HUMANO; Y LA CUESTIÓN DEL DRON COMO DISPOSITIVO DE VIGILANCIA Y ASESINATO A DISTANCIA.

por Pablo E. Chacón

En "Teoría del dron", el investigador francés Gregoire Chamayou cruza varios problemas: el estatuto de la guerra como una constante del mundo humano; la cuestión del dron como dispositivo de vigilancia y asesinato a distancia; y la caza del otro en un planeta cuadriculado y monitoreado en un continuo artificial que ignora los ritmos "naturales" del día y la noche.
Publicado por la editorial Futuro Anterior, el libro de este estudioso de la filosofía política, la historia de la medicina y la tecnología en el instituto Max Planck de Berlín y en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, es un aporte clave a la hora de pensar los nuevos formatos de la violencia institucional en el tercer milenio.
Los drones plantean los mismos problemas morales que cualquier otra arma de acción a distancia. Permiten matar con un riesgo mínimo, reduciendo el costo humano de la agresión. "Un caso clásico es el antiguo desprecio por los arqueros, tal como lo vemos en la 'Ilíada', en la que los cabecillas griegos se burlan del príncipe troyano Paris porque este confía en el arco y las flechas. Los hombres de verdad no temen el combate cuerpo a cuerpo; sólo los cobardes atacan de lejos", escribe la ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich.
Así, Chamayou se encuentra obligado no sólo a reconstruir la genealogía del dron y de las armas a distancia, sino también estudiar el estado de guerra permanente en el que parece encontrarse el mundo luego de los ataques a las torres gemelas en septiembre del 2001 y del desastre económico global disparado -gracias a la estafa con las hipotecas subprime- durante el 2008.
Según el autor, su investigación no hizo más que seguir un consejo de la filósofa francesa Simone Weil: "En lugar de buscar posibles justificaciones, antes que una mirada moral, ella aconsejaba hacer otra cosa, comenzar por desmontar el mecanismo de la violencia", dice.
Y continúa: "Observar las armas, estudiar sus especificidades, transformarse, de alguna manera, en un técnico. Pero sólo de alguna manera, porque el objeto de la investigación es menos un saber técnico que un saber político". Al amo contemporáneo no lo disuade la ausencia de garantías (la confianza en el otro) sino que con coartadas preventivas, prefiere eliminarlo.
Entonces, la primera tarea es identificar al enemigo y localizarlo, para lo cual el paso anterior es transformar al medio ambiente en un espacio hostil. Si eso no se logró durante la Primera Guerra mundial, cuando se envenenaron las aguas y se usaron armas químicas, seguro sucedió en la Segunda, con los bombardeos sobre Dresde y particularmente, con el uso de las bombas atómicas sobre ciudades japonesas.
El segundo paso sería la transformación de una tecnología aérea de vigilancia en un asesino en potencia. Eso es el dron. En ese modelo, el enemigo no es conocido como un eslabón de una cadena operada según una jerarquía: es un "nodo" insertado en las redes sociales, conforme al concepto de guerra en red y al de operaciones fundadas en los efectos.
En otras palabras, "desde esta lógica de securitización fundada en la eliminación preventiva de individuos peligrosos, la 'guerra' asume la forma de vastas campañas de ejecuciones extrajudiciales. Predator o Reaper -aves de presa o ángeles de la muerte- los nombres de los drones están bien elegidos", dice Chamayou.
"Teoría…" no es, de ninguna manera, un alegato pacifista. Es un intento de entender las formas actuales de la violencia en un planeta cuyos institutos globales manejan conceptos como 'estado de excepción' sin decir o sin saber que el 'estado de excepción' dejó de ser una excepción para convertirse en un continuo.
El lenguaje jurídico no contempla esta novedad. Lo acaba de reconocer el ex director de la CIA Michael Morrell, quien en la televisión de su país reconoció la "necesidad" de liquidar objetivos rusos e iraníes "de manera encubierta", aprovechando las escaramuzas contra el fundamentalismo de Isis. ¿Quién dudaría que lo hacen? ¿Y la población civil? Una antigualla del siglo XIX.
O bien una formalidad, como también lo es para la reorganización de la economía de acuerdo a los protocolos que organizan los bancos y las empresas informáticas, puestas a fondo en el trabajo de agotar cualquier disidencia, cualquier autonomía, cuidándose de guardar las formas "democráticas", el voto cada cuatro años y la supervivencia de los aparatos ideológicos de Estado, como los partidos políticos.
En rigor, cuesta afirmar que la utilidad primaria de los dones sea "militar" en el sentido clásico del término. "Los drones han posibilitado un programa de atentados a la carta que se ha justificado por la 'guerra contra el terrorismo' de los Estados Unidos, pero que por lo demás burla las leyes tanto internacionales como estadounidenses", dice Ehrenreich.
"Es la CIA y no el Pentágono quien orquesta casi todos los ataques de drones en Asia Occidental, sin que nadie rinda cuentas. Ha habido objetivos que han sido condenados, sin que mediaran pruebas ni juicios, al parecer por voluntad de la Casa Blanca. Y quienes movilizan los drones gozan de absoluta impunidad en lo que se refiere a las muertes de civiles que acaban considerándose bajas accidentales".
En este contexto, la figura de los medios y los fines pierde consistencia. La extrañeza, siniestra, de volar por cielos atestados de satélites vigilantes y máquinas asesinas, provoca ansiedad y angustia al ciudadano de a pie que toma un avión cualquiera. Eso será así, insinúa este libro, no se sabe con qué consecuencias a futuro, pero en ese caso quizá sea una opción abandonar definitivamente la melancolía.

Fuente: 
Telam

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